El crimen que conmovió a México

El crimen que conmovió a México


El Norte


(17-Sep-2013).-


Media hora. Más o menos ése fue el tiempo que la crónica periodística de entonces afirma que Eugenio Garza Sada, el capitán de empresas más importante del siglo 20 en Monterrey, estuvo tirado sobre Luis Quintanar y Villagrán.

Había recibido un disparo en el costado derecho durante el tiroteo entre su chofer, su escolta y un comando de la Liga Comunista 23 de Septiembre que intentó secuestrarlo, el 17 de septiembre de 1973.

Era lunes y pasaban de las 9:00 horas. De acuerdo con testigos consultados entonces por EL NORTE, en la Colonia Bella Vista, al menos seis personas aguardaron el paso del Ford Galaxie negro, modelo 1969, que conducía Bernardo Chapa Pérez rumbo a Cervecería Cuauhtémoc.

Al su lado iba Garza Sada y, en el asiento trasero, su escolta Modesto Torres Briones.

El hombre de 81 años llevaba poco tiempo de traer acompañantes, tras la insistencia de su familia por la inseguridad guerrillera de aquel tiempo, comenta su primo segundo, Antonio Elosúa Muguerza.

"Él siempre condujo su auto. Recuerdo que más jóvenes lo esperábamos en Venustiano Carranza e Hidalgo para que nos diera raid al Tec, porque pasaba muy temprano a su junta de Consejo. Manejaba volado.

"Cuando ya las cosas empezaron a ponerse feas, aceptó el chofer y el escolta, aunque traía un arma en la guantera. Decía: 'A mí no me agarran vivo'".

Lo que el presidente del entonces Grupo VISA no cambió fueron la hora y la ruta, por lo que al salir de su residencia en la Colonia Obispado, tomar Ruiz Cortines y dejar atrás la Avenida Bernardo Reyes, su vehículo dio puntualmente vuelta en la arteria de siempre, Luis Quintanar, y en la esquina con Villagrán, Bernardo hizo alto.

De los cuatro guerrilleros apostados en las esquinas, el líder Edmundo Medina Flores, metralleta en mano, hizo alguna señal y una camioneta en la que iban otros dos, Elías Orozco Salazar e Hilario Juárez García, se interpuso por Villagrán al paso del Galaxie.

Edmundo, junto a los guerrilleros de a pie, Miguel Torres Enríquez, Javier Torres Rodríguez y Anselmo Herrera Chávez, se aproximaron al auto.

Los seis estaban armados y, al verlos, el chofer abrió fuego, de acuerdo con Elías, quien ha sido el único que ha escrito sobre el episodio del que no hubo una versión oficial. Se desató el tiroteo y, en él, Garza Sada fue herido de muerte.

En entrevista con EL NORTE en el 2006, Elías recordó que ante el chofer y el escolta muertos, un compañero le decía que dejara al empresario moribundo, que todo se había "jodido".

"Trataba de sacar a Don Eugenio, pero no decía nada", dijo el ex guerrillero. "Sólo negaba con la cabeza y gritaba".

Luego, cerró los ojos. Nunca se ha dado a conocer de qué arma provino la bala que le arrebataría la vida en aquel fuego cruzado.

De los seis guerrilleros, dos fueron heridos y abandonados luego sin vida en la Colonia Lomas. Al ser detenido casi un mes después del crimen, Elías reveló que fue a refugiarse unos días a una vivienda en La Fama.

Este inmueble de Santa Catarina y otro en Laguna de Sánchez estaban contemplados como casas de seguridad para tener prisionero al empresario a cambio de un rescate de 5 millones de pesos y de la liberación de guerrilleros en prisión, entre ellos Gustavo Hirales, quien llevaba unas semanas en el Penal del Topo Chico.

Esa mañana, los vecinos de la Buena Vista salieron temerosos de sus casas tras la refriega y descubrieron horrorizados quién se encontraba entre los caídos.

Asunción Álvarez regresaba de la Escuela Adolfo Prieto tras dejar a algunos de sus 12 hijos que tuvo con Alfonso Enríquez. Ellos llegaron de Guanajuato a esta colonia de Monterrey en 1952 para abrirse camino.

"Ese día venía de regreso y escuché los tronidos. Me asusté y me vine corriendo a la casa porque ahí tenía a mis hijos chiquitos", recuerda la mujer, mientras la contempla su esposo desde una silla de ruedas.

Al llegar Asunción, hoy de 81 años (la misma edad que Garza Sada tenía al morir), el empresario, quien según testimonios intentó en vano incorporarse minutos antes, ya no se movía.

Entre ella, Tenchita y Martha Garza, vecinas a las que les tocó atenderlo y que ya fallecieron, le empezaron "a echar aire" hasta que llegaron los bomberos de Cervecería y, después, la Cruz Roja.

"A'i estuvimos mucho rato, pobrecito. Yo lo reconocí rápido porque a veces iba a desayunar al comedor del Padre Infante. Él daba donativos y yo era voluntaria. El Padre estuvo viniendo muchos años a dar aquí (en el cruce de calles) la misa".

El hombre que cambió a la Ciudad murió ese día en el Hospital Muguerza.

INDIGNACIÓN Y LEYENDA

Corría el segundo mes del Gobierno de Pedro Zorrilla. En los primeros días, la autoridad daba detalles escuetos del crimen de Garza Sada, esposo de Consuelo Lagüera, padre de ocho hijos y abuelo de 44 chicos.

La prensa abundó sobre su trayectoria desde que estudió con jesuitas en Saltillo e ingeniería en el MIT hasta sus primeros pasos en la conducción del legado fundado por Don Isaac Garza y el desastre que representaba que un hombre de su magnitud muriera de esa manera.

Se le despidió en la Purísima y en el Panteón del Carmen. Pese a la lluvia, el adiós reunió a más de 150 mil personas, algo nunca visto.

Al cortejo se unió el Presidente Luis Echeverría, abierto opositor de las ideas de Garza Sada y de la clase empresarial, y partidario de las nacionalizaciones.

Elosúa Muguerza recuerda que, en el camino, algunos le gritaron "¡asesino!" al Ejecutivo, acusaciones que el Mandatario, resguardado por el Estado Mayor y sus secretarios de Economía y Educación, no contestó.

Ya en el cementerio, bajo la tormenta y en presencia de Echeverría -y después de los discursos del estudiante del Tec, Ismael Villa, y del representante de la Unión de Trabajadores de Cervecería, Gerónimo Valdez-, Ricardo Margáin Zozaya dio su célebre mensaje:

"Sólo se puede actuar impunemente cuando se ha perdido el respeto a la autoridad, cuando el Estado deja de mantener el orden público; cuando no tan sólo se deja que tengan libre cauce las más negativas ideologías, sino que además se les permite que cosechen sus frutos negativos de odio, destrucción y muerte".

Mauricio Fernández recuerda que tras el crimen de su tío abuelo la seguridad aumentó entre los industriales y sus familias.

"En San Pedro no había bardas y comenzaron a hacerse. Nadie traía guardaespaldas y enseguida todos empezaron a traer", afirma el ex Alcalde sampetrino, quien entonces tenía 23 años.

La hija de Garza Sada, Alicia, lo recuerda sensible, aficionado de los libros de física, química, procesos industriales, doctrina social y arte, así como a la música y a la jardinería.

"Llegaba de la oficina y se iba al jardín, y después de la cena solía tocar el piano", cuenta y añade que, sin duda, su padre deseaba una verdadera democracia, una sociedad igualitaria y educación de calidad para todos.

La hija de Garza Sada comparte la impresión en su familia por la pena expresada en el Monterrey de aquel doloroso septiembre.

"(Hubo) sorpresa de que la sociedad fuera tan consciente de la enorme pérdida, y también con un profundo agradecimiento".

En la esquina de Luis Quintanar y Villagrán se levantó un altar y fue sede de nueve rosarios consecutivos, conducidos por el ingeniero Francisco René Zubieta y organizados por las vecinas Asunción, Tenchita y Martha Garza.

Grupos ciudadanos propusieron que del lunes 24 al sábado 29 de agosto de 1973 los regios usaran algún tipo de expresión luctuosa, como crespones en las puertas e incluso vestir de negro.

Muchos días después del asesinato, las esquelas no dejaron de publicarse. Una, la del Centro Bancario de Monterrey, lo decía todo de forma escueta: "Descanse en paz DON EUGENIO". Así, simplemente.

La leyenda había comenzado.